jueves, 20 de septiembre de 2007

Silencio

Desde hace un tiempo me estoy dando cuenta de que no me gusta el silencio tanto como pensaba.

Estoy orgulloso de decir que hace poco he conseguido apuntarme a un gimnasio y que además voy con frecuencia. Esto es un logro para mí ya que eso de ponerme a levantar pesas en una máquina siempre me ha hecho sentir un poco hámster.

En fin, pues que el otro día me dí cuenta de que allí nadie habla. Hay música ambiental, se oye el ruido de las máquinas de hacer pesas y demás, pero... ¡nadie hablaba!

Todos estaban concentrados en sus ejercicios, con auriculares en los oídos oyendo la radio, algún tipo de música... ¡pero nadie hablaba con el vecino de al lado!

En ese momento me sentí como Jose Luis López Vázquez en "La cabina" o como en alguna de esas películas de terror donde al levantarte una mañana te encuentras con que eres la única persona del mundo y los demás se han convertido en zombies o han desaparecido.

Hice un par de comentarios en voz alta a la vecina de la máquina de la izquierda, que no llevaba auriculares, pero ni me miró siquiera. Me acerqué a un musculitos que había en otra máquina para preguntarle si iba a seguir con la máquina en la que estaba y se levantó y se fué sin decir ni una palabra.

Entonces empecé a ponerme nervioso.

Por suerte en ese momento ví a uno de mis compañeros de piso, le saludé y me preguntó que cuándo había venido, que no me había visto. Respiré aliviado:

¡Un ser humano normal!

Estuvimos charlando un rato sobre todo un poco y de vez en cuando yo levantaba la voz y hacía algún comentario que podía dar pie a que hablara alguien de la sala, pero la gente seguía sin mirarnos.

Entonces me estuve fijando en aquellos que estaban en la sala y que por sus apariencia debían pasar mucho tiempo allí. Empecé a sentir lástima al pensar que después de salir del trabajo podían pasar allí horas y horas sin hablar con nadie, sin pensar más que en marcar uno u otro músculo mirándose al espejo.

¡Me dieron ganas de salir corriendo y no volver!

La situación me recordó mucho a lo que ocurre en el metro, donde todo el mundo está o bien mirando sus zapatos o el techo (¡que digo yo qué tendrá de interesante el chicle pegado en el suelo del vagón!), oyendo música o leyendo.

Es lo que más me llamó la atención al venir a vivir a Madrid, y es algo a lo que todavía no me he acostumbrado del todo.

Supongo que mañana iré al gimnasio otra vez si las cervezas que me tome con los amigos después del trabajo me lo permiten, ¡faltaría más!.

Aunque me he marcado un reto: ¡tengo que hacer hablar a alguien como sea! ¡aunque tenga que colgarme del techo como un mono y dar aullidos!

Y yo que pensaba que era poco hablador...

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